31 jul. 2008

¿Hay literatura femenina?

En la foto Carol Zardetto y María José Castaing, en la casa de la primera

Y de nuevo un atasco en el Boulevard Vista Hermosa… otra vez un muerto. Y como iba tarde, llamé a Carol Zardetto para que me hicieran tiempo, pero llegué (otra vez) justo a tiempo.
—Había un muerto en Vista Hermosa—le dije a Carol. —Ah, sí, el que comentamos hace un rato —respondió. Y Tatiana Lobo se sorprendió mucho. —¿Has oído? —preguntó a Lilian Fernández —tan natural lo han dicho “otro muerto”.
Y es que la violencia para nosotros (casi sin darnos cuenta) ya es cosa de cada día. Difícilmente uno se cuestiona sobre estas cosas, porque pasan a diario, en la calle, por los noticieros. La muerte es cosa de todos los días en Centroamérica.
Esta vez me tocaba participar en dos mesas: “¿Hay literatura femenina?”, fue la primera. Misma en la que participaban Ana Cristina Rossi, Aida Toledo, Carol Zardetto y Lilian Fernández Hall (como moderadora). Y la segunda se denominaba: “Escritores, industria editorial y marketing”, de la que hablaré luego.
La mesa no sólo estuvo muy concurrida, sino que además, el debate se extendió bastante más de lo planeado. Todas llevábamos posturas distintas, que iban desde una absoluta y total negación de la críticamente llamada “literatura femenina”, hasta un rechazo del término “femenina”, sustituyéndolo por la denominación “literatura de mujeres”.
Mi planteamiento fue que lo que provoca rechazo no es la clasificación en sí misma, que desde mi punto de vista fue creada para fines única y exclusivamente académicos (sin descartar, claro, que es y ha sido utilizada de forma peyorativa), sino el término “femenina” en sí misma. Porque lo femenino es todo aquello con lo que no deseamos identificarnos: la sin razón, lo emocional, la histeria, lo inútil, lo inactivo, la castración, la muerte… es decir, todo aquello que sea contrario al a naturaleza masculina que representa para la cultura a la fuerza, la acción, el éxito, lo racional, la vida.
Lo que falta entonces, es en definitiva una redefinición de lo femenino, que en otros países como Suecia e Inglaterra no da los problemas que en nuestros países. Porque allá está un poco más superada la idea (no digo del todo) de que todo lo femenino pertenezca a la clase B y lo masculino a la clase A.
Ninguna de nosotras, es obvio, como escritoras, queremos pertenecer a una categoría inferior literaria. Deseamos ser colocadas junto a los mejores, junto a todos, sin discriminación ni falsas condescendencias.
Tampoco soy partidaria de acusar a los hombres por todo lo que nos ocurre, ya que si bien el sistema patriarcal fue creado por y para los hombres, de su preservación han sido también culpables las mujeres. Quienes educan a los hijos son las mujeres, y los educan muchas veces para ser dominadores y opresores. Y a su vez, las mujeres que permiten esta clase de conducta, están reforzando con su ejemplo la continuidad del orden imperante.
Pero en definitiva, yo no creo que a una como escritora deba importarle mucho que la denominen (para fines críticos, claro está y no peyorativos) como escritora femenina, feminista, etc., de la misma forma en que a una papá le da lo mismo que la incluyan en el grupo de los tubérculos o no. Esas son cosas de los críticos. Clasificaciones que utilizan para hacerse sencillo su trabajo. Herramientas que a la larga, no nos pueden distraer demasiado de nuestra verdadera labor: la creación literaria. Quizás, pienso, sean las feministas, más que las escritoras, las que a la larga deberán resolver este tema.

Pd.: De esta mesa no tengo foto, porque se me olvidó la cámara, pero en cuanto Lilian Fernández me haga llegar las que tomamos con la suya, la agregaré al presente.

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