27 may. 2008

Mis 80´s en El Salvador

La guerra comenzó un día de un año en que yo aún no tenía conciencia. Debió haber sido el mismo año en que murió la abuela de mi papá (1978). Sin embargo fue éste y no el inicio del conflicto armado, el evento que marcó nuestras vidas por aquel entonces.
Nadie en mi familia hablaba de los disturbios. Era una realidad que ni sentían que les correspondiera, ni les interesaba. Y de la misma forma vivimos el resto de la guerra.
Más de 10 años de bombas, apagones, tensiones políticas y sociales no hicieron que una familia cambiara sus rutinas. No había necesidad, la guerra se peleaba en la montaña. Era algo incidental al que no había que prestarle demasiada atención, “sólo tomar las precauciones del caso”.
Recuerdo las portadas de los periódicos de esa época: muertos semidesnudos, en su mayoría sucios y desgreñados, como si en lugar de haber muerto por disparos hubieran sido sacados de un río revuelto. Ahora entiendo que era el impacto de las granadas o las bombas.
También había un noticiero, COPREFA (¿?), donde cada domingo por la noche (buena forma de terminar la semana) se informaban las bajas causadas a la guerrilla y la fuerza armada. Siempre, sin excepción, las bajas a la guerrilla eran mucho mayores en comparación con las que ésta ocasionaba al ejército. Era una relación de 100 a 1. Entonces, con mis diez años, pensaba que los guerrilleros debían ser muchos, ya que los mataban por montones y jamás se acababan.
También recuerdo la indiferencia con que leíamos sobre los muertos y los desaparecidos (si es que se les daba ese status) que se reportaban en los diarios.
La violencia nos había insensibilizado, no hay duda. Pero también era necesario. Haber vivido en una sociedad tan violenta, como fue El Salvador de los años 80, no habría sido posible sin este mecanismo de desconexión. Sin embargo, y esto es lo penoso, creo que aún existen muchos que permanecen con el control apagado.
Somos los mismos que no tuvimos vela en el conflicto. Que no elegimos ser de la guerrilla y no teníamos parte en el ejército.
Somos los mismos que preferimos mantener los ojos cerrados a una guerra que nos era ajena, porque tampoco entendíamos las causas, ni nos interesaban. No era nuestra guerra. “Únicamente” era nuestro país, pero ¿qué se le iba a hacer?
Somos la generación para los que Morazán, Chalatenango, el río Torola, son nombres que aún nos suenan a Vietnam. A sitios prohibidos donde no se iba. A sitios que quedaban tan lejos, tan lejos, que preferíamos viajar el doble hacia Guatemala.
Somos la generación que se horrorizó con la matanza de la Zona Rosa, pero permaneció impávida ante la matanza (cien veces más atroz y con cientos de muertos más) de El Mozote.
Somos la generación que no leyó a Roque Dalton —“el” poeta salvadoreño— porque el Ministerio de Educación de ese entonces lo había prohibido. Y si leímos a otros (Álvaro Menéndez Leal, por ejemplo), fue porque sus obras podían ser interpretadas a conveniencia del maestro.
Somos la generación que estudiamos el marxismo como una teoría económica, que al final de cuentas ni funcionaba y estaba ya pasada de moda.
Somos la generación que vio a Estados Unidos como un salvador, porque enviaba más de $1,000,000 diario para destruir nuestro país y nuestra gente.
Somos la generación de la clase media salvadoreña que aún no quiere abrir los ojos y mirar en lo que nos hemos convertido: en la misma clase media que no quiso saber nada de nada, y que por lo mismo, no nos fue posible madurar.

16 comentarios:

Inés dijo...

a la púchica, me hiciste recordar un montón de cosas que ya tenía olvidadas
Un abrazo,

Vanessa Núñez Handal dijo...

mirá fregado, porque nosotros no solemos recordar estas cosas... alguien me dijo un día que yo debía ser traumada de guerra... me dejó en otra, porque yo no me sentía así. Pero (para muestra un botón) un día que un cuete me sacó un gran brinco, me di cuenta cuánta razón tenía.

Chicaborges dijo...

Situaciones similares pasaron acá en Guatemala. En la ciudad la guerra se sentía en los periodicos pero con pasar la hoja pasabas a otro asunto. Crecí con toque de queda pero era más o menos natural no salir después de las 7 o no reunirse con mucha gente. Lo que si era horrible era que los soldados de cuando en cuando entraran a tu casa a cualquier hora a hacer un cateo. Ya en la U había sitios donde no podías ir ni te daban mapas o fotografías áreas eran zona de conflicto. Cuando finalmente tuvimos acceso e ibas por ejemplo al tríangulo IXIL veías los rostros de lso habitantes pero no conocías su historia. Cada departamento es una Guatemala diferente inclusive cada zona dentro de la ciudad. Es muy compleja nuestra historia y fugaz nuestra memoria.

Anónimo dijo...

Lo que sucede con los salvadoreños es que no tenemos memoria historica y nunca la hemos tenido. Estamos condenados a repetirlos errores del pasado. Ni la derecha, ni la izquiera se han preocupado por hacer que la guerra no se olvide, cada cual con sus intereses, se han vendido.

Vanessa Núñez Handal dijo...

Hola Lorena. Es que cabal, en Guate la cosa fue distinta porque el país es mucho más grande, pero la indiferencia va por el mismo camino.
y lo que menciona el comentario anónimo es cierto, la memoria histórica la tenemos bien enferma.

Camila Calles dijo...

Yo fui de esa generación...no viví la guerra directamente, estuve 10 años en otra realidad, para mi El Salvador era tan lejano, era un cuento de horror y pese que gente cercana, muy cercana a mi fallecieron cruelmente, no respiré el olor a las balas, al miedo, a la zozobra de los toques de queda, a la angustia de la oscuridad.
Hasta que regresé sentí esa historia, que se formaba en mi através de relatos, de noticias, de experiencias de otros y hasta entonces caí en la cuenta que yo también fui parte de la guerra y que tenía que rescatar de alguna manera esa memoria

Vanessa Núñez Handal dijo...

Hola Camila!!! qué bueno verte por aquí. Es que eso vos, uno siente la necesidad de rescatar esa memoria que el sistema te borró. No para juzgar o agarrar bando, sino para entender. Entender de dónde venimose, dónde estamos, para dónde vamos. Esa guerra nos formó, nos hizo lo que somos, como sociedad, como personas y nadie quiere hablar de ella!! ESO es lo peludo. Gracias por pasar a ver qué día nos echamos el cafecito en San Salvador. Te llamo.

Herberth Cea dijo...

No haber leído a Roque creo que es bueno, cada vez que me alejo de los quince me va agrandando menos.
Yo también usé esos zapatos, pero en inicios de los noventa y no eran los Reebok classics eran los Le Cop (la marca del gallito pues). A pesar de todo sigo desencantado del dos mil (en algunas cosas), y los ochentas a pesar de todo fueron los ochentas y se recuerdan con nostalgia. Los de los noventa vivieron otras cosas, los del dos mil otras y miran como algo lejano lo que pasó hace poco, es decir el conflicto armado, y no saben qué es lo que pasa, por qué suceden las cosas. Saludos desde Telúrica y Magnética.

Gerardo dijo...

Muy cierto lo del "mecanismo de desconexión". También es cierto que era necesario para poder vivir sin angustia. Creo también que ayudó el hecho que eramos niños-adolescentes en ese período. Al fin y al cabo, cuando uno es joven le tiene menos miedo a la muerte. Al menos para mí, la guerra siempre fue un problema, porque con los apagones, bombas, balaceras, etc. había que regresarse a la casa o no salir; y la verdad lo importante eran las fiestas, cine, etc. y en la madrugada las birrias en el redondel masferrer (hoy un inocente centro comercial con burger king y todo), el chantilly, asados de don toño, etc. etc. Y para cerrar con broche de oro: la Queco´s Burger o los tacos de las 4am. ¡Ah, tiempos aquellos de la guerra!

Vanessa Núñez Handal dijo...

Hola Herberth, acordame que te cuente un día lo de los zapatos del gallito. Gracias por visitarme!

jajajaja, Gerardo, de verdad que no me acordaba de todos esos lugares, que en parte, constituyen los 80´s para nosotros... lo que da la pálida es que para otros la guerra sí fue la guerra.

Gerardo dijo...

Y ese es precisamente mi punto: el mecanismo de desconexión nos hacía obviar cualquier otra cosa...los 75 mil muertos, masacres, ofensivas, etc. pasaban a segundo plano. Y creo que ahora ya pasaron a tercer plano, porque de que sirvió la guerra si en El Salvador nadie aprendió la lección: la rivalidad entre izquierda y derecha es la misma. La desinformación de las autoridades de ambos bandos hacia la gente es siempre la misma. La falta de oportunidades y desigualdad, tampoco cambia. Y por supuesto, las cervezas y los tacos también siguen igual, aunque un poquito más caros en estos dorados tiempos de petróleo por las nubes...

Vanessa Núñez Handal dijo...

Creéme, han cambiado más los tacos, las cervezas (hasta ya vendieron La Constancia) que las cosas... ahora, de qué sirvió la guerra... fregada la pregunta, y creo que somos nosotros, los de clase media, los llamado a contestarla. Pero con esta indiferencia, está bieeeeeeeeeeen difícil que vayamos a hacerlo. Love U.

Denise Phé-Funchal dijo...

Uga, nosotros vivíamos a dos cuadras del palacio, recuerdo desfiles militares, bombas lacrimógenas, el toque de queda que dice Lorena... mi ma a veces no llegaba antes de las siete, y mi tía y mi abuela palideando... sólo se escuchaban los tacones de mi madre a unas cuadras corriendo en la noche... por la madrugada soldados marchando por la madrugada gritando: buenos días guatemala, buenos días cómo está... además los discursos de ud papá, ud mamá y uga, terribles encabezados de prensa...

Vanessa Núñez Handal dijo...

Mirá, jodido, porque cada cuál vivió su propia guerra. El Salvador o Guatemala, la historia es parecida, porque teníamos un pasado similar. Y el miedo, ese miedo que hace que cerrar los ojos sea más fácil, no se olvida en la vida.
Siento que la guerra en El Salvador quizás era más real, veíamos los muertos pues, por todos lados, pero aquí en Guate caló más en el inconciente colectivo, y la gente comenzó a hablar de ella. Allá ni eso. La gente evita el tema. Es casi que de mal gusto. Motivo de pleito. Habrá que escarbar para ver qué realmente hay detrás de todo. Bye

CarlosP dijo...

Cuando vivíamos en El Salvador, sobrevíamos bajo el mantra de que “En boca cerrada no entra mosca” o “El que de este mundo quiere gozar: ver, oír y callar”. Esa fue la lección que nos enseñaron desde chicos. ¡Cuántas veces me dijeron esto! Por eso callamos y nos auto-censuramos.

La guerra en sí no cambió las condiciones económicas que fueron una de sus causas fundamentales.

Una de las cosas más importantes que se logró, después de firmados los tratados de paz, fue la legalización de la izquierda que desde 1932 había sido perseguida brutalmente y reprimida a mansalva. Con esa legalización se logró un grado relativo de libertad de expresión.

La guerra tuvo logros políticos, pero no económicos. ¿Valieron la pena? ¿Valió la muerte, desaparición y tortura de tantas personas? Lo que sí puedo decir es que pagamos un precio alto, altísimo por los logros.

De nuevo, las condiciones económicas internas de la guerra no han cambiado. La válvula de escape ha sido la fuga a Estados Unidos. La salvación ha sido las eternas remesas de los millones de salvadoreños en el exterior – una salida conveniente para las élites que no se interesan por establecer relaciones económicas más equitativas.

Vanessa Núñez Handal dijo...

Es que eso fijate, justamente, aún no ha sido establecido: ¿valió la pena? y no hay respuesta. Aún no. Porque tenemos miedo de pronunciar un simple "no". Aún hay heridas abiertas, y psiconalíticamente es sabido que el silencio es la peor forma de sanarlas. Entonces siguen abiertas, siguen doliendo, y no parece que un futuro cercano se vaya a poder hablar abiertamente de estas cosas, porque aún no tenemos matices: somos o blancos o negros... o rojos o tricolor.