20 jul. 2009

"The problem that has no name"


Betty Friedan es una reconocida autora de temas feministas. Pero su gran mérito, pienso yo, fue el haber llegado hasta los ámbitos íntimos donde pocos se aventuran.
Mucho se había hablado de los sistemas estatales, sociales, políticos, económicos, culturales, etc. que reprimen al individuo pero —hasta entonces—, nadie se había adentrado en los oscuros y tenebrosos abismos que muchas veces se ocultan en el lugar donde la persona debe sentirse protegido y amado: la familia.
La pregunta aquí es: ¿Por qué? ¿Por qué no le interesaba —y aún no interesa— a nadie lo que pasa en el interior de la “célula principal/base de la sociedad”. ¿Por qué muchos se desviven intentando comprender ámbitos más amplios como la sociedad en su conjunto, o una comunidad, una cultura, un país, etc.?
La respuesta es terrible, no por ella en sí misma, sino por todo lo que implica y nos implica a nosotras las mujeres: pues porque simplemente a nadie le interesan en estos diminutos sistemas sociales, que se cree son propios de las mujeres y que, por lo mismo, son irrelevantes. Tanto es así que —aún en la actualidad— cuando algún libro toca estos temas, y más si ha sido escrito por una mujer, se tiende a restarle importancia.
No ocurre lo mismo, sin embargo, con aquellos textos que hablan de organizaciones colectivas, donde se piensa que el individuo se difumina para dar paso al interés general.
Es así como Betty Friedan, luego de adentrarse en el ámbito de lo privado, logra identificar un problema: “el problema sin nombre”. Se trata de un conjunto de síntomas y malestares que las mujeres aún hoy día compartimos, pero a los cuales no podemos llamar por su nombre (como la angustia misma) ya que nadie se lo ha dado.
Se trata de ese aburrimiento por la vida, esa sensación de estar difuminadas en la nada y en el todo colectivo, donde no somos más que una pieza útil (pero dispensable) para su funcionamiento.
De acuerdo a Friedan, este malestar comenzó a aparecer claramente en los consultorios psicoanalíticos, entre las mujeres de clase media de los suburbios de los Estados Unidos, en los años sesenta. Se trataba de mujeres que gozaban de cierto nivel de escolaridad, muchas incluso graduadas de la universidad, pero que finalmente optaron por el matrimonio, los hijos, la casa, el shopping, etc. y que, pese a que la cultura les había vendido ese estilo de vida como el ideal, ellas no se sentían felices con sus vidas.
—Tengo todo, todo está bien en mi vida, no tengo problemas, mi marido es fantástico, mis hijos también, entonces: ¿por qué no soy feliz?, se preguntaban. ¿Qué me falta?
Resulta pues que esta ideal American way of life fue creada para devolver a las mujeres a sus hogares luego de que durante la Segunda Guerra Mundial se descubrieran productivas e insertadas dentro de un ciclo productivo de trabajo.
Lo triste fue que, en aquel entonces (1960), las soluciones pasaron desde los antidepresivos hasta una sermoneada de curas, psicólogos, familia, etc., afirmándoles que su inconformidad era falta de fe, de amor por su familia, de entrega, egoísmo, inconformidad producida por la falta de ocupación, etc.
¿Pero cómo no van a ser felices estas mujeres?, se preguntaban los psicoanalistas, políticos, consejeros, etc., si tienen todo lo que sus madres y abuelas no tuvieron: lavadora de platos y ropa, aspiradoras, casas lindas, riesgos bajísimos de mortalidad materna, etc.
Las hubo a las que se las convenció de que el problema estaba en ellas, y que por lo tanto, si no ponían de su parte, nada había que hacer para ayudarlas.
Otras , sin embargo, no se resignaron, y decidieron ponerle nombre al problema: El síndrome del Ama de Casa. Y sí, de ahí surge la ya famosa serie “Desperated housewifes”.
Por si les interesa ahondar en el tema, les dejo aquí el primer capítulo de este libro fantástico de Betty Friedan, cuyo nombre causa hasta escozor: “The femenine mystique” o “La mística femenina”.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Leí una parte del texto y de plano que las mujere estamos bien jodidas.
En El Salvador todavía estamos en esas pensando quel a mujer debe quedarse en la casa cuidando hijos, y esperando que llegue el marido por la noche para atenderlo. ¡Qué yuca!
Voy a leerlo todo y te comento. YO

Patricia Cortez dijo...

Vanessa: me gustó el texto, en especial porque nos llega cabal a tiempo, las revoluciones han sido tan criticadas en nuestro país, que las niñas AHORA, están pensando que sus madres las abandonaron por nada y mejor le hacen a la barbie, que si es feliz...
pero como dijo una amiga, si esas mujeres optan por la minivan, el chucho y el gimnasio ¿por qué las vamos a criticar?

Vanessa Núñez Handal dijo...

Perdón por contestar hasta ahora, pero les juro que he andando complicada y en mil cosas.

YO: jodidas es poco. Lo peor es que las hay que defienden semejante estado de cosas, creyendo que eso es ser una "mujer buena".

Patty: las revoluciones tienen sus costos. También el vivir vidas independientes. Pasa que se nos ha educado para creer que la madre santa tiene que sacrificar su vida por otros, y no es así. La cultura nos ha encerrado en clichés que ahora, claro, son complicadísimos de romper.

Un abrazo y gracias por sus comentarios.