14 jun. 2009

Espejito, espejito mágico...


¿Qué por qué insultamos a otros? Sencillo: es un síntoma de impotencia. Pero nada más que un síntoma entre otros.
Es humano el querer obtener algo de atención. También es humano el querer sentirse apreciado. Pero cuando no se cuenta ni con uno ni con otro escenario, pues es de los más recurrir al insulto fácil.
Y lo que es todavía más triste, es el hecho de que para insultar escogemos justamente aquellos calificativos que más nos ofendería que nos fueran asignados.
Los calificativos raciales, sociales o políticos, vienen entonces a ser sin duda los más empleados, precisamente porque existe muchísima gente —más en nuestros países— con complejos raciales irresueltos. De ahí han nacido insultos (que no deberían serlo), tales como indio, judío, cholero, comunista o negro, entre otra infinidad.
La idea del insulto es justamente la de distanciarnos de eso de lo cual —muy en el fondo— estamos convencidos que somos.
Así pues, le asignamos a otros características que por nada en el mundo nos gustaría poseer, en un intento por desmerecer a otro en su calidad de persona y evitar ser nosotros, a su vez, desmerecidos.
Esa es la razón por la cual, muy bien lo dice Mario Roberto Morales en “La articulación de las diferencias o el síndrome de Maximón” (Consucultura, 2008), los ladinos creamos toda una cosmovisión respecto del indígena, en un afán de negar lo que de él portamos en nuestros genes.
Nos hemos querido definir en base a un binomio en el cual, desconociendo que somos lo mismo, intentamos constituirnos en “el Uno” frente a “el Otro”. Un “Otro” al que pretendemos asignarle características que negamos poseer porque nos parecen denigrantes. Ese “Otro” es —o al menos así quisiéramos pensarlo— todo lo que nosotros no somos. Lamentablemente al inconsciente no es fácil engañarlo, y de alguna manera nos revela que eso que escogemos para insultar es justamente de lo que estamos convencidos que SI somos.
En resumidas cuentas, el mencionado autor propone llegar al consenso de que tanto “el Uno” como “el Otro” no son opuestos, sino complementos, y que exista así eso que justamente le da el título al libro: una articulación de las diferencias.
Así es que la próxima vez que Usted (o vos) se sienta compelido a insultar a otro, piense primero: ¿Por qué lo digo? Porque quizás sea Usted el que se sienta que es demasiado “indio”, tonto, raro, mediocre en lo que hace o “negro” de piel,… y si es así, pues quizás un poquito de autoestima o trabajo —pero propio, no prestado— podría servir para esa agresividad que claro, no es más que un síntoma del espantoso complejo de inferioridad que algunos padecemos.
C´est la vie.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Que buena,y fuera de paja la mara insulta con lo que mas le duele
por eso los homofóbicos son los que más usan palabras discriminativas contra los homosexuales. Salú, YO

Vanessa Núñez Handal dijo...

Cabal, ahí donde más aprieta el zapato. Por eso no es difícil deducir de quién vienen las cosas.

Anónimo dijo...

Y qué bajeza insultar en lugar de recurrir a la discusión de altura! Por eso los que insultan son, por lo general, personas con muchísimos complejos (raciales, sociales, etc. etc.), incapaces de reconocer que hay personas mejores. Al no podérseles enfrentar, recurren a los insultos que les duelen a ellos (no necesariamente al "otro"), y por ello es que fácilmente son identificables. Lástima que resten en lugar de sumar... La foto está linda y tierna!

Vanessa Núñez Handal dijo...

Pues qué te puedo decir? Cómo podría generar una discusión de altura alguien que no se considera a sí misma como "persona"? Por eso cruz-cruz, mejor.

Nancy dijo...

Hola Vanessa, como de costumbre: buen post.
Fíjate que a mí me costaba entender esto que dices. No son solo los insultos los que nos reflejan, sino también las cosas que nos molestan. Una vez escuché esto en un programa de radio y me puse a pensar cuán sabio es aprender a ver estos reflejos. Fíjate que siempre pensé que tenía muchas cosas en común con la locutora, pero de pronto me empezó a caer mal. Lo que más me molestaba era que no dejaba hablar a sus interlocutores (invitados a su programa). Luego escuché ese programa del que te hablo y comprendí que sí, que de plano yo soy así. Acaparo muchas veces la plática, la atención. Si no, mira cuánto llevo escrito en este post.
Ay, perdón. Estoy tratando de corregirme.
Apapachos. Me alegra siempre venir a reflexionar con tus inquisiciones.

Vanessa Núñez Handal dijo...

Jajaja, cabal, dicen que uno sólo mira en otros los defectos que uno -conciente o inconscientemente-sabe que tiene.
El libro que menciono, de Mario Roberto Morales, es casi casi una defensa de nosotros los ladinos. Muy interesante su punto de vista, porque afirma que en Guate no hay discriminación racial, sino diferencias culturales que se han marcado, precisamente, por el miedo del ladino a su sangre indígena. Es muy interesante y además ha generado mucha controversia.
Gracias como siempre por pasar y por "inquirir" conmigo. Un abrazo!!