22 jun. 2009

De dietas y democracias anoréxicas


Es oficial: hoy comencé la dieta. No porque esté gorda, no, no (o eso decimos todos para darnos algo de dignidad en el proceso). "Sólo quiero sentirme bien", es la frase clásica. El caso es que, desayunándome mi "tecito" acostumbrado y preparándome mi batido de proteínas, leí una columna de opinión en la Prensa Libre que me pareció interesante.
La columna se titula “Pecado mortal” y está escrita por Carolina Vásquez Araya.
Todo el contenido es interesante, pero lo que más me llamó la atención fue la frase siguiente: “Anhelar la justicia social, defender el patrimonio natural y el estado de derecho no debe ser motivo de descredito”.
Esto me hizo recordar una frase mencionada por Luis González, mi profesor de política comparada en la UCA, y que me impactó mucho. Él dijo, palabras más o palabras menos, que el desear que la gente de escasos recursos tenga para comer, o que los niños no mueran por falta de atención médica, no es asunto de comunismo, sino de humanidad.
Y la frase me impactó porque en aquel entonces (1998, y la Paz se había firmado recién seis años atrás), el pensamiento de la mayoría de personas que me rodeaban en El Salvador era muy sesgado.
La orientación política adecuada era la de la empresa privada y consideraban que cada cuál podía salir adelante por sus méritos, sin necesidad de que el Estado o sus instituciones intervinieran en la vida privada de los ciudadanos.
Hoy, luego de la pasada campaña electoral, compruebo con asombro que la mayor parte de esas personas aún piensan igual.
Dieciséis años han pasado desde la firma de los Acuerdos de Paz y aún existen muchos que viven, piensan, actúan y juzgan, bajo los parámetros de la Guerra Fría.
Una etapa histórica que ya dejó de tener relevancia y significación para los que fueron sus actores, pero que nosotros aún seguimos manteniendo viva en el imaginario colectivo, dividiendo así a la sociedad entre “comunistas-guerrilleros” y “fascistas-derechistas”.
Como consecuencia, en muchos sectores de la sociedad salvadoreña, hablar de responsabilidad social de la empresa, solidaridad social u otras cosas que suenen a hacer caridad con aquellos que no son “como nosotros” es visto con desconfianza.
Hubo alguien que me dijo ayer durante un almuerzo que cierto periódico salvadoreño aún mantenía su postura crítica, pero en contra del PDC, partido que gobernó encabezado por José Napoleón Duarte de 1985 a 1989. Y es cierto. El desfase se explica (obviamente) ante la necesidad de algunos por tener o crear enemigos contra los que luchar y afirmarse en las propias posturas.
Abrir la cabeza a los cambios, querer entender la realidad desde otras perspectivas, buscar respuestas en posturas menos rígidas no es estar “lavado de la cabeza”, o estar haciéndose “guerrinche”, o ser “resentido social”, es ser una persona con suficiente capacidad para discernir, sopesar, hacer valer su capacidad de crítica, y sobre todo, ejercer su derecho a disentir, que buena falta nos hace para poder generar cambios y probar nueva vías, porque la anteriores, no sólo demostraron ser ineficaces, sino además desesperanzadoras para aquellos que una vez confiaron en que las cosas podían cambiar por la vía de la democracia.
Si esta existe y es tan efectiva como tanto dicen muchos, ejerzámosla y —sobre todo— permitamos que otros la ejerzan.
Una democracia sin opinión, sin alternancia, sin posibilidad de crítica, se llama como ustedes quieran, pero no es un gobierno del pueblo.

4 comentarios:

Alberto B. dijo...

democracia: palabra sin valor en estos días. saludos.

Vanessa Núñez Handal dijo...

Sí, tenés razón. A estas alturas desearía que alguien la redefiniera y que se volviera a establecer su significado, porque significa tantas cosas y es tan poco.

Anónimo dijo...

la democracia aún no da de comer
ese es el verdadero dilema

Alberto B. dijo...

el comentario anterior es mio, se me olvido poner el nomnbre