5 abr. 2009

Cuando la tierra se mueve

La primera vez que experimenté la sensación fue a mis 13 años. Estaba lápiz en mano a punto de comenzar a hacer un examen de música, en el que había que reconocer el sonido de los instrumentos de una orquesta y nombrarlos uno a uno… Así que era todo un cuete. Total que cuando comenzó a temblar, entre mi susto y mi desconcierto, casi di gracias a Dios porque era evidente que no tenía buen oído.
Recuerdo bien cómo las puertas de los armarios colocados en las paredes comenzaron a abrirse. El mueble sobre el cual había colocado un retroproyector se vino abajo y me impidió saltar la mesa sobre la cual, en un primer impulso, me subí para correr. Veía la puerta de salida tan lejana y a mis otros compañeros intentando alcanzarla.
Por fin cuando logramos salir, frente a la sala de música que daba a la cafetería de la escuela, vi a mucha gente corriendo. Todos teníamos miedo, pero más que miedo, no entendíamos nada. En el jardín, sobre la grama, auxiliada por algunos maestros, estaba una alumna con la cabeza ensangrentada debido a un pedazo de pared que la golpeó. Los demás permanecimos atentos ante un nuevo movimiento de tierra. Eran las 11.45 am del 10 de octubre de 1986.
Las consecuencias de dicho terremoto fueron tremendas para el país. Muchos edificios del centro de San Salvador y la zona hospitalaria colapsaron, dejando cientos de muertos y heridos. ¿Quién no recuerda el Rubén Darío destripado e incendiado con decenas de personas atrapadas en su interior, y los topos mexicanos que vinieron con sus perros amaestrados?
El país por otra parte estaba en guerra y el entonces Presidente Napoleón Duarte y el PDC (Partido Demócrata Cristiano) simplemente no tenían un plan para una circunstancia como esta, y cuando la ayuda internacional llegó, sacaron el mejor provecho que pudieron para sí mismos. Por esta razón durante meses se vendieron en los semáforos latas gigantes de aceite de oliva y otros productos importados e imposibles de conseguir.
Recuerdo que pasamos un par de días sin electricidad y las noches intentado obviar las famosas réplicas. Agrupados en la sala de mi casa, mi papá, mi mamá, mi hermana y yo, permanecíamos en silencio apretando todo cuando se oía el zumbido de otro temblor que se aproximaba.
Recuerdo que suspendieron las clases en todos los colegios, así que mi examen de música debió aplazarse por lo menos tres semanas. Tampoco tuvimos que hacer, al menos en ese momento, las demás pruebas de matemáticas, inglés, sociales, etc.
Así que, luego de pasado el susto y con mi inconsciencia preadolescente, siempre pensé que no había sido una mala época después de todo.
Para los terremotos del 2001 (enero y febrero) yo ya trabajaba como abogada en un bufete de San Salvador. Recuerdo que el primero fue un sábado en que nos había tocado llegar a trabajar para terminar ciertos pendientes. Curiosamente, y a pesar de ser ya adulta, no logro recordar ni el día ni la hora, como sí me ocurrió con el del 86.
Recuerdo que en el momento en que comenzó a moverse todo, creí que alguien me estaba haciendo una broma. Pero cuando vi que el movimiento era demasiado fuerte y no se detenía (fue un terremoto larguísimo) sentí miedo, comencé a rezar, me metí bajo mi escritorio cuyas gavetas se cerraban y abrían con fuerza e hice mil promesas que luego no cumplí.
Al salir a la calle vimos como en la parte occidente de la ciudad se alzaba una inmensa columna de lo que en un inicio creímos era humo. Luego descubrimos que se trataba de polvo que se había levantado debido a un inmenso derrumbe que sepultó decenas de casas y a sus habitantes, en una escena que recordaba el deslave que años antes había habido en Montebello, una colonia de clase media baja, donde la gente murió ahogada en una ola de lodo y árboles, causada por un temporal.
Tomó semanas retirar la tierra y los escombros para encontrar los cadáveres. Fueron mínimos los sobrevivientes, y todos en condiciones espantosas.
Francisco Flores, el entonces presidente arenero de El Salvador, visitó la zona. Caminó sobre el puñado de tierra desbordado de una colina (la colonia se llamaba precisamente “Las Colinas”) tomado de la mano de su esposa, como si en un parque se encontrara… no puedo decirles lo irreal que la escena resultó —sobre todo pensando que decenas de cadáveres se apilaban bajo sus pies—, y que sin embargo no fue comentada por ningún medio.
La ayuda que llegó al país a raíz del desastre, levantó la imagen de “Paquito” y eso permitió —entre otras cosas— que ARENA (Alianza Republicana Nacionalista) gobernara un período más, mismo que ahora llega a su fin con Mauricio Funes.
Pues estos y otros pensamientos han estado haciéndose presentes debido al “enjambre” de sismos que ahora estamos experimentando en la ciudad de Guatemala. Según los diarios habían sido 30 entre las 1 pm y las 11 pm del día de ayer. El epicentro es Santa Elena Barillas, a 10 kilómetros de mi casa. El despertar de tres volcanes y una falla parecen ser la causa.
Es raro sentir que lo único que parece siempre estar en su lugar, se mueva… aunque sea por pocos segundos. Da miedo.

13 comentarios:

Nené traviesa dijo...

Qué yuca estuvo. Y yo que vivo en el piso 15, te imaginás? No sabía si estaba en la montaña rusa o saliendo de un bar! Beso, bicha linda, ojalá que nos veamos pronto.

Claudia dijo...

Sentir los temblores es una sensacion aparte. Solo los entiende aquel que los ha vivido. SOn recuerdos que perduran toda una vida.

ramblingsofaculturefreak dijo...

Hola vanessa:
te deje un meme en mi blog.

Angel Elías dijo...

el sentimiento de que algo se mueva es siempre tenebroso, mas aun en algo que creemos solido, y qué mas solido que la tierra.

La tierra se mueve sin que lo queramos, es algo en lo que no tenemos control y es algo que aterra

Vanessa Núñez Handal dijo...

Quiodnas Bicha. Pues sí niña, si esto ha estado tiembla de tiembla y le saca a una unos grandes brincos. Qué te vas a hacer en vacaciones? De pronto uno de estos días nos podríamos ver. Te llamo!

Hola Claudia. Cabal, sólo el que lo ha vivido puede decir cómo se siente. Y es que es tan feo, que uno de verdad no sabe ni para dónde correr, y la triste realidad es justamente que no hay para donde.

Ya pasé por tu blog. Gracias!

Vanessa Núñez Handal dijo...

Hola Angel. Te juro que la falta de control es lo que nos hace sentir tan vulnerables. Lo terrible es que casi nunca tenemos control sobre nada, y sin embargo estamos seguros de que sí. Más feo, verdad?
Ya no me mandaste tus textos!!! Acordate que tenemos pendiente el cafecito! Un abrazo,

Prado dijo...

hubo un terremoto para Arena también. En fin, cuando hay temblores pienso en la canción de chico che sobre el tema y se me quitan los nervios.

Dónde te agarró el tembor? balando con catalina

al ritmo de cumbia.

saludos.

Vanessa Núñez Handal dijo...

Jajaja, te juro que yo también he tenido en mente la fasecilla de "a bailar a bailar, que el mundo se va acabar". Gracias por pasar, un abrazo

Nancy dijo...

¿Estabas en Guate? Yo también he recordado en estos días el terremoto del 76. Lo malo es que estuve en el mar y al agua sí que le tengo mucho miedo.
Saludos, Vanessa, que tu estancia sea o haya sido placentera... a pesar de lo movidito.

Nancy dijo...

No sé si te llegó mi comentario... parece que hubo una falla... igual que como me ocurrió con el post anterior.

Carlos dijo...

Cuando vi tu post de pasada pensé que se trataba del terremoto en Italia. Y me dije que iba a volver porque había estado leyendo y viendo noticias en los medios internacionales al respecto. Pero cuando capté el estilo tan personal, que es lo que me atrapa de tu blog, no pude parar de leer.

Cuando yo vivía en El Salvador y comenzaba un temblor, experimentaba un sentimiento fugaz en el que parecía que algo divertido estaba pasando y luego al oir la gritería y presenciar el pánico, hacía lo que en ese entonces se suponía que uno debía hacer: me tiraba al suelo bajo el marco de una puerta para salvarme del peligro. Siempre era una satisfacción pensar en que habías sobrevivido. El terremoto del 3 de mayo de 1965 destruyó la casa de apartamentos donde vivíamos en el centro de San Salvador. Las paredes se rajaron y pudimos ver la casa de los vecinos que vivían a la par a través de las grietas. Después nos mudamos a otra colonia a una casa de concreto armado muy bonita. Un día, cuando volví del colegio, la calle frente a la casa había sido tomada por damnificados. Justo frente a la puerta de la casa había una gran tienda de campaña con las siglas del PCN. Luego vino la guerra con Honduras en el 69 y el retorno de los salvadoreños en ese país: más y más villas-miseria. Luego la guerra en el 79 y todas sus consecuencias. ¡Qué suerte la nuestra!: no solo es entre la falla del Cocos y el Caribe que vivimos.

Vanessa Núñez Handal dijo...

Hola Nancy. Pues parece que el comentario no llegó al blog, aunque sí a mi mail y le di publicar, pero parece que algo pasó. Sin embargo lo transcribo aquí:

"Nancy ha dejado un nuevo comentario en su entrada "Cuando la tierra se mueve":

¿Estabas en Guate? Yo también he recordado en estos días el terremoto del 76. Lo malo es que estuve en el mar y al agua sí que le tengo mucho miedo.
Saludos, Vanessa, que tu estancia sea o haya sido placentera... a pesar de lo movidito."

Pues fijate Nancy que, aunque soy salvadoreña, vivo en Guate, así que sí me tocaron y me siguen tocando los temblores. A mí también me da mucho miedo el agua, el mar sobre todo. Y en cuanto a los temblores, pues como que uno aprende a vivir con ellos y resignarse.

Hola Carlos. Ahí se nos nota lo subdesarrollado a los salvadoreños: Te imaginás las medidas preventivas tan poco efectivas que teníamos: el marco de la puerta. Y era porque si las paredes se caían pues ahí quedaba un hueco. Pero eso en las casas de antes que eran amplias. Pero ahora que todo es reducido la pared de enfrente es lo que le cae a uno encima, y sin embargo la gente lo sigue haciendo!

Y tenés razón, esa sensación post terremoto es única: es como si el mundo se hubiera acabado y uno hubiera tenido chance de ver qué hay después.

Yo recuerdo las tardes de esa época con una luz especial. Como más clara. Por su puesto que no era así, sino que era mi percepción de superviviente la que la hacía parecer tal.

En todo caso, preferí siempre los terremotos a las guerras. Los primeros uno sabía que iban sin intención y mala suerte si te tocaba. Las segundas iban dirigidas a hacer el mayor daño posible. Eso me daba no sólo miedo, sino también mucha angustia..

Anónimo dijo...

!Hay si! Me acuerdo bien de esos terremotos. En el del 2001 yo estaba de viaje, solo me tocó el segundo. ¿Fue a media mañana verdad? YO