8 sept. 2008

Isla Negra

Hace algunos años conocí las casas de Neruda en Chile. Porque tenía sus cosillas. Y aunque en algún momento alguien le criticó su afán por vivir bien —sin lujos, pero con gustos un tanto excentricos— contraponiéndolo a sus ideales comunistas, parece ser que una cosa no riñe con la otra.
Pablo Neruda, que bien podía comprarse antigüedades y objetos de colección, también podía recitar sus poemas frente a cientos de trabajadores de la industria del carbón, o en mercados, u obreros del salitre. ¿Qué más da?
El caso es que sus casas —tres en total: La Sebastiana, La Chascona e Isla Negra— son verdaderos museos. No sólo porque él haya vivido en ellas, sino por las cosas fantásticas que aún se encuentran en las mismas.
Mi favorita, he de decirlo con nostalgia, es Isla Negra. Una casa compuesta de varios agregados, porque Neruda la fue ampliando de a poco. Ubicada en una playa preciosa de rocas oscuras e inmensas, se la mira flotante en un mar inquieto y verde. Ciertamente no es una playa tranquila, pero sí una que alimenta la inspiración y de una belleza remecedora. Neruda, como buen “marinero de tierra” que era, mandó construir un comedor de vitrales con vista al mar, donde hizo colocar su colección de botellas de diversas formas y colores. Sus muebles hacen obvia alusión al inmobiliario de un barco.
Neruda amaba el mar. Pero no lo navegaba. Era un marino extraño, con los pies secos, al que le gustaba observarlo y retratarlo en sus poemas.
La casa también contiene varios de los mascarones de barco que compró durante su vida. Estos, colgados con cadenas de las inmensas vigas de madera de la construcción, observan el mar desde la ventana. Todos tienen nombre, otorgado por Neruda. Todos tienen, invariablemente, la nostalgia del mar en los ojos.
En dicha casa también existen objetos extraños, como una especie de tótem que, según la leyenda, el que lo mira a los ojos muere; cosa de la que uno se entera luego de haberlo hecho.
También hay una colección de caracolas marinas, la segunda que Neruda iniciara luego de donar la primera a la Universidad de Chile, que según me contaron, nunca ha sido puesta en exhibición.
También un caballo de plástico, de tamaño natural —regalo de amigos— adorna la casa, en cuyo baño hay, colocadas en las paredes, fotografías pornográficas antiguas; de esas donde se enseña nada más que el tobillo o el muslo.
Y en las afueras, en lo que fuera el jardín de la casa, está la tumba de Pablo Neruda y Matilde Urrutia (La Chascona). Ahí, junto a ella, me senté un día, observando el mar que no da paz pero no quita alegría, y me juré ser escritora. Ya había hecho lo mismo ante la tumba de Miguel Ángel, pero jamás pude pintar. Ahora vengo a reivindicarme.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Anoche, precisamente, estuve escuchando algunos poemas de Neruda en su propia voz (profunda, suave, lenta), y me lo imaginé en esa casa de Isla Negra que con tanta nostalgia pintás. Ah, la he de conocer algún día! y ese mar misterioso, y las piedras negras y la tumba, para agradecerle al inmenso escritor todo lo que me ha hecho sentir.
Hilma

Vanessa Núñez Handal dijo...

Hola Hilma. Pues que hemos de ir un día, ya vas a ver. Nada como sentarse sobre las rocas a observar ese mar frío. Un abrazo,

Alberto B. dijo...

asi como lo contas de plano que dan ganas de ir!!!