16 sept. 2008

30 años de silencio

Resulta que a veces redescubro a mis amigos de siglos y me da por preguntarles cosas que nunca antes pregunté, y entonces me doy cuenta de lo poco que los conozco.
Me ocurrió con una amiga de décadas, con la que jugamos mucho en el colegio, y de adolescentes tuvimos nuestras discusiones y nuestros reencuentros. Y de pronto, viendo una foto suya en Facebook me doy cuenta de que jamás conversamos sobre la muerte de su mamá.
Fue un silencio pactado entre niñas, que no sabían cómo manejar un tema que a ambas les quedaba demasiado grande. Porque la muerte es un tema que los adultos siempre piensan ajeno a los niños, por eso los excluyen de él y los dejan sin respuestas.
Pienso entonces en todos esos años de dolor acumulado, en toda una vida imaginando cómo habría sido si tan sólo… ¿sin tan sólo qué, si tampoco se sabe qué en realidad ocurrió?
Y tengo vagos recuerdos de algunas conversaciones y de ese tiempo que sin duda marcó la vida de mi amiga, hoy a su vez madre y desbordante de más preguntas que de respuestas.
Mis recuerdos, claro está, no coinciden con los suyos. Quizás sea porque para mí no fueron más que eso, recuerdos, y para ella son aún un intento por reconstruir una vida a lo largo de la cual llevó a cuestas el dolor del silencio.
Porque no son los gritos los que duelen y marcan el alma, sino las fotos que desaparecen misteriosamente de los álbumes de familia y las voces que se pierden en el hule estirado de los años, que un buen día acaba por reventarse.
¿Quién puede entonces reconstruir un pasado del que como testigo queda tan sólo una niña que busca entender más allá de su dolor?
Y me duele ahora saber, que mientas los demás niños —quizás indiferentes, quizás inconscientes—, preparábamos tarjetas para el día de la madre, ella sólo buscaba en su mente un rostro al que imaginar sonriendo, sin encontrarlo.
No cabe duda que las verdades fulminan, pero los silencios achican el alma hasta hacer que sea casi imposible vivir dentro de ella, incluso para un niño de cuatro años.
Debo entonces un café y treinta años de doloroso silencio compartido. Un abrazo...

5 comentarios:

Anónimo dijo...

hugs... :)

Vanessa Núñez Handal dijo...

idem

Anónimo dijo...

Estas son las cosas que lo marcan a uno de por vida. Qué terrible debe ser no tener una idea clara de algo que definió tu vida de forma tan tremenda. INES

Bea dijo...

Qué lindo tu artículo, Vane, me encanta haber leído esto hoy porque cabal anoche hablé con una chera que perdió a su papá a los 12 y dice que es una herida en el alma que jamás se cerró. Yuca.

Vanessa Núñez Handal dijo...

Ah,bien jodido, fijate. Porque un niño no logra procesar muchas cosas. Y son esos recuerdos no procesados los que te generan angustias indescriptibles.