14 jun. 2006


Eran los tiempos en que el aire no pasaba arrasando las hojas ni los pequeños insectos atrapados en las telarañas antiguas. Los caminos se habían vuelto pedregosos, pues los ríos los habían utilizado para transitar a diario. Y como muchos no llegaban al mar, por eso, al final del camino, donde las calles se convierten en veredas sin importancia, se transformaban en lagos profundos como montañas. Debía ser así, porque las laderas no tenían espacio suficiente para albergar a tanto río fracasado.

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