3 nov. 2008

Cuando la madre se convierte en monstruo

Caminaba por el cementerio general mientras observaba a un niño de unos cuatro años jugando con un remolino de papel. Sus ojos brillaban encantados mirando girar las aspas impulsadas por el viento. De pronto cayó al suelo, su rostro en la tierra y sus manitas que a penas pudieron amortiguar el golpe. Su madre, una mujer morena, de no más de veinticinco años, lo había derribado mediante un tremendo puntapié en las piernas. El golpe fue dado con tal fuerza que por un instante creí que, a lo mejor, atras el niño había un animal, un perro, un gato, qué se yo. Pero me fue difícil dar crédito a una agresión tan sin sentido y con tanta saña en contra de un niño, que sin casi comprender lo que ocurría lloraba desconsolado en el suelo, su remolino roto, y el rostro embarrado de mocos y tierra. La mujer lo tomó del brazo con fuerza y lo obligó a pararse. Pero él no dejaba de llorar. No comprendía. Los mocos le invadían los labios y gemía sin saber a quién acudir, mientras la madre siguió platicando con otras mujeres como si nada.
Un par de horas más tarde, conducía sobre la sexta avenida. Me detuve en un semáforo en rojo. En la esquina una mujer esperaba que los carros se detuvieran para poder cruzar la calle. Tras una mínima discusión dio un puñetazo en las costillas a su hija de unos seis años. La otra hija, un poco más grande, no se inmutó. Las agresiones de la madre eran costumbre, según pareció, y quizás sería mejor asumir demencia, no fuera a ser que su odio enfilara hacia ella. La niña golpeada se retorció de dolor, la mujer la llamó “mierda” y la haló con fuerza para que cruzaran la calle.
Nuevamente me quedé sin habla. Por unos minutos me cuestioné el no haber intervenido. Luego me dije que habría sido peor, porque quizás sólo habría logrado incrementar la furia de esta mujer en contra de su hija. Tampoco había policías cerca. El semáforo cambió. Yo continué la marcha.
Durante la noche no pude quitarme de la cabeza ambas escenas. Niños maltratados por la persona (quizás la única) que puede protegerlos. ¿Cómo habrán de entender el amor cuando sean grandes? El que te quiere te aporrea. ¿Cómo habrán de criar a sus propios hijos si ya están recibiendo un curso intensivo de desensibilización ante el sufrimiento? Creerán, al igual que lo han hecho sus madres, que es normal, que así se quiere, que eso es ser padre/madre: descargar todas las frustraciones en un ser más débil.
Resulta entonces innecesario preguntarnos luego porqué vivimos en sociedades tan violentas, tan deshumanizadas, tan poco empáticas con el dolor ajeno.
La maternidad no es pues sólo un derecho, sino y sobre todo, una inmensa responsabilidad, que obviamente, no todos están en condiciones de sobrellevar.
Nada justifica infligir semejante dolor físico a un niño. Pero peor aún, nada justifica dañar de semejante forma el alma de una persona que no pudo elegir el lugar donde (por desgracia) vino a caer.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Ay que cosa tan terrible. Te juro que hay viejas que deberian prohibirles tener hijos. Y con todo los antiabortistas andan haciendo campañas para que vengan mas niños a sufrir a hogares donde no los quieren. YO

Vanessa Núñez Handal dijo...

Es que en serio. Hay gente que simplemente no debería tener hijos. Una tristeza, pobres niños.
Y como me dijo Gerardo: eso es lo que uno mira, ahora quién sabe lo que les harán en sus casas cuando nadie los ve!!!

Anónimo dijo...

a estas viejas habria que lincharlas por salvajes. Alberto B.

Bea dijo...

ala puerca, bicha, qué horror y también qué horror que uno no pueda hacer nada porque como decís, luego son las niñas las que hubieran pagado la factura. Es una mierda este mundo tan mierda...

Vanessa Núñez Handal dijo...

Y es que ese es el drama del niño maltratado: que no hay quien lo defienda, porque la persona que debería hacerlo es su maltratador. Horrible vos, y son secuelas que lamentablemente habrán de ser repetidas por él cuando tenga sus propios hijos.