23 sept. 2008

De las alegrías de dar clases

Me gusta dar clases. Siempre he sentido que el que enseña aprende más que los alumnos. Leer, preparase para desarrollar un tema, responder preguntas o investigarlas, hacen que uno se mantenga siempre con “el ojo al Cristo”.
He dado clases de derecho civil y propiedad intelectual en la UCA de El Salvador y de literatura en la Rafael Landívar de Guatemala (para la licenciatura de letras y de psicología), y siempre he concluido lo mismo: con uno o dos estudiantes que se interesen, habrá valido la pena el esfuerzo.
Los cursos grandes no son mi fuerte. Creo que el de nadie. Manejar un grupo de 90 y pico, como me tocó alguna vez, es complicado y tiene sus profundas desventajas. Jamás se llega a conocer al alumno y mucho menos a generar una relación duradera.
Soy mala con los nombres, pero trato de recordar sus rostros para saber quiénes participan dando opiniones y quiénes no (las listas con fotografías me salvan en mucho la tarea).
En todo caso, prefiero los grupos pequeños, con los que es posible profundizar en los temas y discutir ampliamente las dudas y propuestas. Además, los alumnos mismos se sienten más cómodos para opinar y preguntar aquellas cosas que no han quedado claras. Pero bueno, no siempre se puede, y hay que agarrar las cosas como vengan.
Y aunque sin duda, dar clases es agotador y acabo muerta cuando tengo que pasar el día entero en la universidad, como en todo, hay días buenos y días malos. Hoy fue uno bueno.
Presencié durante la mañana una buena exposición preparada por los alumnos, y, por la tarde, encontré sentada en el salón a una excelente alumna que había desaparecido. Alguien me había comentado que se había retirado de la carrera y eso me tenía un tanto triste.
Pero hoy volvió. Quería despedirse de sus compañeros, porque luego de varios días de ausencia, decidió efectívamente retirarse de la carrera, por motivos personales.
Quiere, sin embargo, seguir llegando como oyente a mi curso (Literatura Latinoamericana del Siglo XX). Y esto me emocionó. No sé, pues, el que aún haya alguien que se interese en la literatura (ahora sí que por el mero amor al arte) me devuelve las ganas de seguir adelante.

2 comentarios:

Alberto B. dijo...

Nunca he impartido clases, pero imagino lo agotdor que debe ser, y al mismo tiempo habrá muchas cosas que te retribuyan, como esta alumna que contás aquí. Qué bueno que haya gente que aún sienta amor por el arte.

Vanessa Núñez Handal dijo...

Pues sí, de que es agotador, es agotador, pero sí existen las recompensas. Saludos y gracias por pasar.