8 nov. 2014

Guatemala imaginada



Guatemala se encuentra estancada y no ha logrado ser la nación que prometía el progreso de los 80.

Debí tener 7 años la primera vez que mis padres me trajeron a Guatemala. Debimos de haber emprendido el viaje a plenas 5 de la madrugada pues, en aquel entonces, éste duraba más de 5 horas y los trámites en la frontera eran un dolor de cabeza.

A la altura de Santa Ana, cruce obligado hacia Las Chinamas, recuerdo que escuché a mi papá decir estupefacto: “Hay varios muertos sobre la calle.” Yo, adormecida en el asiento trasero del coche, no tuve valor para levantar la cabeza. Luego mi mamá comentó que estaban decapitados y, según me enteré luego, las cabezas habían sido colocadas en estacas.

Eran los 80 y estos horrores eran comunes en las carreteras de El Salvador, donde se libraba una guerra civil cruenta que no acabaría hasta 1992.

En Guatemala también había guerra. Pero, pese a que también era sanguinaria, ésta había sido desplazada sobre todo al interior del país. Así, los salvadoreños veníamos a Guatemala ciudad y experimentábamos una sensación de seguridad que no teníamos en San Salvador.
Guatemala era una ciudad moderna, de muchos más habitantes que nuestra pequeña y derruida capital. Para nosotros era viajar en el tiempo.

En la Guatemala de los 80 íbamos a los centros comerciales y hacíamos compras de víveres y productos que, debido a la restricción de divisas, no era posible encontrar en El Salvador. Los dólares escaseaban y el mercado negro hacía su agosto. En “Guate”, como la llamábamos con cariño, visitábamos supermercados, adquiríamos Pepsis en lata, que era producto cotizado por los salvadoreños ya que en nuestro país no existían. Tampoco había chocolates, corn flakes, ropa de moda, zapatos, etc.

Durante mi niñez y adolescencia visitaría Guatemala muchas veces. Unas con mis padres, otras con la Escuela Alemana, de cuyo equipo de atletismo formé parte durante varios años. Luego por mi cuenta.
Años después comenzarían a regarse como pólvora las historias de asaltos y agresiones a salvadoreños en la carretera que conduce a El Salvador, sobre todo en los últimos kilómetros antes de llegar a la frontera. Desde entonces el viaje a Guatemala para los salvadoreños es casi un reto. Conozco personas que, luego de venir cada año de visita, llevan dos décadas sin atreverse a cruzar “la ruta de la muerte”. El asesinato de los diputados del PARLACEN, de nacionalidad salvadoreña, no hizo sino acrecentar el miedo.

Pero Guatemala es así. Impredecible y violenta.

Yo tampoco pude predecir mi futuro. Nunca supuse que viviría en Guatemala. Jamás me lo planté como posibilidad. Vine a vivir en el año 2002 y me mudé con todo y mis perras, la Paula y la Diana, que recién fallecieron en su nuevo y frío hogar.

Aquí comencé una nueva vida. También aquí comprendí la anterior.

Y es que entender Guatemala es comprender el resto de Centroamérica. Aquí el racismo, la marginación, el conservadurismo, la pobreza, el machismo y otros males comunes a la región, son exacerbados. Y es que “Guate”, que aún guarda aires de Capitanía pero que no ha logrado ser la nación que prometía el progreso de los 80, se encuentra estancada. La causa de este congelamiento es la misma por la que generalmente se estancan las sociedades: por una conservación del status quo en función de pocos y en perjuicio de muchos.


Ahora Guatemala es mi nueva casa. Ya no es la ciudad a la que los salvadoreños veníamos en busca de seguridad y para hacer compras. Ahora es una ciudad peligrosa y con serios problemas. Sin embargo, mucho quedó en mí de esa Guatemala imaginada que, ahora comprendo, servía como vía de escape a nuestra propia historia.

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