11 nov. 2014

Fíjese, Doña Evangelina, que el infierno ya no nos asusta...



A lo largo de la historia salvadoreña, ha habido personajes que causan entre pena y risa. Sucede, sin embargo, que pocas veces han trascendido la historia y por ello los desconocemos. Muchos, sin embargo, han plasmado su pluma en más de algún periódico. Es fácil detectarlos, sobre todo porque, la gran mayoría, pareciera contratada para encandilar el odio y la locura. 

Este es el caso de Evangelina del Pilar de Sol en El Salvador, una mujer de clase alta que gusta de repartir insultos y amenazas a diestra y siniestra, amparada en un halo de religiosidad que realmente esconde su no tan secreta sensación de superioridad, no sólo de clase, sino también moral.

Ella se erige a sí misma como una sensora de la moralidad en el ámbito político y social y su discurso, bastante incoherente, podría quedar nada más que en el chiste de no ser porque su poder económico le permite gozar de audiencia a través de su columna en uno de los periódicos de mayor circulación nacional y de conocido corte conservador, y ha logrado esparcir el odio religioso que destilan sus palabras.

En su última columna de fecha 9 de noviembre del 2014, habla de la desfiguración total de la conciencia del país. ¿Cuál país? ¿El suyo, el de los pobres, el de los campesinos o el de la comunidad católica? Habla de grupos pro-muerte, pagados por instituciones extranjeras. ¿Quiénes son estos grupos y quiénes sus financistas?

Da igual, porque de lo que se trata es de generar terror psicológico, dejando el hueco sin llenar y los nombres sin mencionar, para que “las buenas conciencias” puedan llenarlo con los nombres que deseen.

Además, da igual también, porque lo que importa es que la están calumniando e insultando personal y familiarmente a ella, ya no a la iglesia católica, tras cuyos ropajes se ha venido escondiendo convenientemente.

Esta mujer alza su voz, en nombre de Dios, cual los locos que se sitúan en la plaza central y vaticina la llegada de la Virgen antichavista, antiabortista, anticomunista del siglo XXI y vaticina la destrucción de todos los que, como ella, no sean salvos.

Ella no defiende los valores morales y cristianos, ella defiende sus valores y los de su clase. Tampoco le importan un comino los niños no-natos ni la familia, porque de ser así, ya habría destinado las energías que emplea en maldecir gente en ayudar a los niños pobres de El Salvador, que son millones y a las familias pobres que son otro tanto.

Su imaginación, por otro lado, es salvaje. Lo que no puede hacer, lo imagina. Las descripciones que hace de crímenes, de pecados, de castigos del infierno, de la venida de tal o cual santo, son dignas de una película de horror.

Sólo desde ese horror se comprende que ella vea el mundo como un lugar espantoso en el cual sólo “la gente como ella” logrará entrar al cielo.

Ella se erige como la “guerrera en contra de la perversión”, defendiendo la decencia, rectitud, consciencia, piedad y justicia que antaño rigieron a los salvadoreños en arrasadora mayoría, dice.

Y perversión es una palabra muy grande que a ella y a los que son como ella les cuadra a la perfección. Perversidad quiere decir “corrupción, sobre todo si es causada por malos ejemplos o enseñanzas”.

Esto quiere decir que ella está totalmente convencida de que ella y los suyos únicamente han dado buenos ejemplos a lo que llama “la inteligencia salvadoreña”, si es que algo así existe.

Pues, veamos, históricamente ni hemos sido decentes ni rectos ni conscientes, menos piadosos ni justos. Baste leer un tan sólo capítulo de nuestra Historia, digamos el de 1932 o el de 1980, para darnos cuenta de que nuestra sociedad siempre ha estado enferma. Y lo ha estado por personajes que, como ella, han enarbolado banderas de conveniencia y han azuzado el odio innecesario entre salvadoreños y que, con el objetivo de obtener un beneficio minúsculo, han causado daños mayúsculos a nuestro país.

Lo que sí ha sido El Salvador en arrasadora mayoría, es pobre. Pobre porque nunca se le ha dado la oportunidad de salir adelante y educarse, más que en valores religiosos, que son los mismos que esta mujer viene ahora a impulsar y querer imponer porque a ella así le conviene.

Pero fíjese que no. Le cuento que ya no somos los mismos salvadoreños que nos deslumbrábamos ante los discursos pseudo-ilustrados y llenos de advertencias del infierno. Si algo bueno ha ocurrido en El Salvador durante los últimos años, es que muchos hemos tenido la oportunidad de educarnos y ver mundo. Y eso no pasa por el dinero, sino por la inteligencia que, obviamente, desecha los argumentos basados en preceptos establecidos por clubes sociales (léase iglesias) a los que ya no queremos pertenecer. Y muchos hemos decidido no hacerlo, porque éstos están llenos de gente como usted, que en lugar de trabajar su espíritu en una iglesia, trabajan sus relaciones sociales y sus convencionalismos, volviendo aquello un infierno en la tierra.

Esta mujer no debería hablar de “nuestra patria”, porque “su” patria, no es la misma nuestra. La nuestra es un país donde se respeta a cada uno, ya no por lo que tiene, sino por lo que es y aporta a la sociedad y se reconoce su dignidad como persona para elegir lo que más le conviene a su vida. La suya, en cambio, es una patria de exclusión y castigo, donde hay gente oprimida, ya sea por ley o por religión, lo cual le permite poder gozar de privilegios que, bien sabido es, en nuestros países son obtenidos a base del empobrecimiento de grandes masas.

El país no está llegando, como ella dice, a la total desfiguración de la conciencia, sino por el contrario y para su desgracia, está llegando a la total toma de conciencia, pero ella se resiste a aceptarlo. Esas organizaciones que ella denuncia como grupos pro-muerte, la ONU, Amnistía Internacional, etc. han venido a decirle a gente como ella, que sus privilegios no pueden sostenerse sobre el sufrimiento de muchos. Y si Dios observa algo, seguramente no será a las mujeres que, Dios sabe bajo qué circunstancias, debieron abortar a sus bebés, sino a la gente que, teniéndolo todo para educarse, sigue viviendo en el medioevo y pretende implantar sus ideas a costa del sufrimiento de otros.

La degeneración moral, como ella la llama, es tan sólo evidencia de los síntomas de cambio de una sociedad que ya se aburrió de estar siempre oprimida y atemorizada de un infierno que existe pero en la tierra. El Salvador, hoy día, ya no necesita que lo salven. Para eso nos bastamos y sobramos los salvadoreños que queremos una patria para todos y no sólo para los que junto a usted, Señora, se habrán de ir a aburrir a un cielo de gente intolerante que no ha sabido ver que la bondad nunca tiene por qué defenderse, pero la maldad sí.
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4 comentarios:

Anónimo dijo...

Se de alguien que debe estar rasgándose las vestiduras, ha expresado a la perfección lo que muchos sentimos.

Ines Cuchilla dijo...

la verdad medio habia oido lo de esta señora, pero hasta ahora entendi bien de que tanto se le critica. Muy bien dicho....

Anónimo dijo...

Me pareció una artículo EXCELENTE!!!!!

JuanJoSV dijo...

Concuerdo con CADA IDEA, ....... ya que deje ese espacio en el periódico para tanta gente talentosa y constructiva .......... GRACIAS POR ATREVERTE !!