20 nov. 2014

¿Existe Dios?



Recuerdo, cuando niña, haber creído en un dios omnipresente y castigador. Esa fue la forma en que me lo enseñaron y yo lo acepté. Sin embargo, conforme avancé en mis juicios, fui dejando atrás el miedo al mito y comencé a cuestionarme. Pronto se me hizo evidente que la religión –he ahí la paradoja– se contraponía a mis creencias espirituales. Pero, ¿cuáles eran éstas y de dónde procedían?

Según Lev Tolstói, el gran novelista ruso, una vieja fábula oriental cuenta la historia de un viajero que en una estepa fue sorprendido por una bestia. Para escapar, saltó en un pozo en cuyo interior descubrió un dragón con las fauces abiertas. El infeliz, sin poder abandonar el pozo y sin poder saltar al fondo del mismo, se aferró a las ramas de un arbusto que crecía en sus grietas, quedando así colgado en medio de la nada. Pronto comenzó a sentir debilidad en los brazos y cansancio. Su caída era inevitable. Mientras esperaba, descubrió unas gotas de miel sobre las hojas del arbusto, las cuales lamió con avidez. Éstas fueron durante algún tiempo su consuelo. Así, dice el escritor en Confesiones, un pequeño libro que constituye su testamento espiritual, aquel viajero se aferró a las ramas de la vida, sin poder comprender por qué era sometido a semejante tormento. Pero la miel que en un principio lo consoló poco a poco dejó de parecerle dulce, de la misma forma en que la religión fue dejando de ser un consuelo en la vida del autor.

Al igual que Tolstói, la búsqueda espiritual ha sido una constante en la vida de muchos. Al emprender la propia, comencé por preguntarme por qué, pese a que la cultura en nuestros países es eminentemente religiosa, uno de los temas prohibidos (el fútbol y la política son los otros dos) es la religión. Una explicación posible es que las personas carecen de suficientes argumentos para defender su postura, aunado a que se nos ha hecho creer que la duda (fuente de todo conocimiento) es perjudicial.

Un segundo argumento, me dije, es el hecho de que la fe encuentra su fundamento en el campo de lo irracional. Existe para dar consuelo en aquellos casos en que no es posible encontrar una explicación lógica a un hecho. De esta forma se da paso a lo pasional y la fe se vuelve indemostrable. Al serlo, toda duda o desacuerdo es percibida como una amenaza que debe ser superada mediante juicios lapidarios. Visto desde este punto de vista, vencer a otro en el campo religioso no es una victoria, sino una derrota de la propia convicción.

Al igual que Tolstói he llegado finalmente a la conclusión de que, aunque las religiones tienen mucho de mentira, también es posible encontrar en ellas una dosis de verdad y sabiduría humana. La espiritualidad, que es lo que subyace al final de toda fe, nos viene dada por el sentido mismo de la vida, que es su contrario: la muerte. La razón no es capaz, y quien sabe si un día lo sea, de dar explicación al origen de todas las cosas. Pero es más sensato aceptar lo inexplicable, no por dogma, sino por simple percepción de los límites de la propia inteligencia. Desde este razonamiento, resulta tan fanático el dogma como la pretensión de explicar todo por la vía científica.

Partiendo de este último postulado, es válido cuestionarse, sin fanatismos, miedos u odios que enturbien la posibilidad de discutir, incluso si Dios existe. Si pudiéramos hacerlo, seguramente descubriríamos que agarrados a la misma rama y llevando sobre nuestros hombros el mismo miedo a caer que a salir del pozo, los cristianos, católicos, judíos, ateos, budistas, agnósticos, etc., tenemos más en común de lo que creemos. Lo que varía es tan sólo la forma en que lamemos las pequeñas gotas de miel que hay en el arbusto del que, al final de cuentas, un día todos caeremos. 

Pd.: Pongo la portada de Dios tenía miedo como ilustración, pues en ella aparece una obra de Rudy Cottón, pintor guatemalteco. La elegimos con mi editor, Raúl Figueroa, pues representa el ojo de Dios. 

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