16 ago. 2011

Instrucciones para leer mientras se calienta el té.


Una mañana con tiempo. Estoy maravillada.

El capítulo que debía editar, lo he terminado entre la película francesa que he visto la tarde de ayer y unos cuantos minutos de hoy. Salió más fácil de lo que pensé. Aunque he tenido que asesinar algunos párrafos. Quizá sea de eso precisamente de lo que se trate este oficio. De asesinar sin misericordia, para limpiar el arte y su sentido.

Por otro lado, alguien a quien debía entrevistar hoy, se ha ido de viaje. Me lo han dicho por teléfono, y he sentido alivio, dado el tráfico que debería haber enfrentado de haber confirmado la cita.

“Dios es bueno”, ha dicho un amigo en Facebook. Esta mañana pienso igual.

He dispuesto prepararme un té. He encontrado el aromático, el que no lastima y me descansa al ser el primer alimento que ingiero por la mañana.

Shit. Se ha puesto negro y cargado. He tenido que tirar la mitad y agregar más agua. Se ha perdido el encanto. Pero no me rindo.

Pienso entonces en la mejor manera para emplear las dos horas que tendré libres antes de que mi cuerpo acceda a ir al gimnasio. Sé que parece una actividad burguesa, como dice siempre mi amigo suizo, al que le encanta señalar mis tendencias de la “high” salvadoreña, como él lo llama. Le he explicado muchas veces que no es mi caso. Pero insiste. Una tal María Escalón de Núñez (que ni por cerca es pariente mía y a la cual él conoce bien) no me hace fáciles las cosas.

Decido por un pequeño libro que recién he adquirido en Sophos: Cuentos que me apasionaron. Lo compré porque otro amigo, esta vez escritor y de bastos años, me recomendó leer cuentos. Mejor, dijo, si van recomendados por alguien. Y como en este caso el que los amparaba era el mítico y ya fallecido y llorado, Ernesto Sabato, decidí comprar aunque fuera el primer volumen y dejar apartado el segundo, para cuando mis ocupaciones reporten las concebidas ganancias.

El microondas suena desesperado, pidiendo que saque la tasa de su estómago y no puedo. No, porque estoy ocupada leyendo un hermoso prólogo/carta. Hasta el título es lindo, pienso. “Nada repara más nuestro dolor que unirlo al dolor de los demás”. Habla además de la capacidad salvadora del arte y de cómo el invierno hace sentir más soledad a los chicos, que los días de primavera o verano. La armonía de las matemáticas. Río. Y lo dirá un tipo al que le faltó poco para no ser escritor. Pero yo, que en las matemáticas y química siempre fui un desastre, me extraño ante semejante afirmación. Vaya ocurrencia, pienso.

El té se ha enfriado. Reprogramo el microondas. Cuarenta segundos inútiles.

Franz Kafka el primero. Ante la ley. Doy el primer sorbo a mi té caliente.

2 comentarios:

J M dijo...

Me encantó... seguiré leyendo más de tu blog. Saludos!

Vanessa Núñez Handal dijo...

Un abrazote para vos también! También pasaré por el tuyo.