17 may. 2011

Un huracán y una mariposa, o de la ternura esencial en la vida.


Hace algunos meses Monika me preguntó por qué en un post que había escrito hace un tiempo sobre mis amigas, no la había mencionado.

─Porque en aquel momento ─respondí como si se tratara de algo obvio─, no estabas cerca.

─ Para mí la amistad no es intermitente ─dijo con la vista fija en la nada, como cuando piensa en algo profundo─. No hay un “switch on-off” ─agregó con cierta frustración─. Y me sentí culpable.

Resulta que a “la Moni” la conozco desde los cuatro años, cuando su mamá, que fue mi maestra de Kindergarten en la Escuela Alemana de San Salvador, intentó (infructuosamente) imponerme disciplina y enrumbarme.

La vida nos llevó desde siempre por caminos distintos.

Monika se fue a vivir a Chile con su familia, y yo seguí en San Salvador.

Eventualmente volvían. Cuando niñas, Monika llegaba de visita a la escuela, y yo no le hablaba. Un antiguo incidente con un caballito de palo y un panal de abejas que acabaron por picarnos a todos, la hizo merecedora de mi antipatía.

Llegó el noveno grado y Monika volvió a vivir en El Salvador. Pero la amistad que no había sido grande durante nuestra infancia, tampoco apuntaba a serlo esta vez.

Un viaje a Guatemala con los compañeros de escuela de aquel entonces, nos hizo descubrir que éramos más afines de lo que creíamos. Una conversación nocturna en un balcón frente al lago de Atitlán en Panajachel, dio inicio a lo que sería una amistad de años.

Lo demás devendría en horas de plática en el Club Alemán, el cine, libros, nuestras casas, algún café y el teléfono.

Compartimos la emoción de los novios, las fiestas, los pleitos y nuestros primeros intentos artísticos.

Fui madrina de su boda, y ella de la mía.

La hice partícipe de los grandes hechos en mi vida, y ella a mí.

Un día, bien recuerdo, cuando tenía unos tres años de vivir en Guatemala, llegó un mail que decía que se mudaba aquí. Nos vimos en un inicio. Luego poco. Las vidas se complican, los mundos se hacen lejanos.

Monika fue y vino. Yo igual.

Me hice escritora y ella pintora. Tengo una novela publicada, y ella un cuadro en la Pinacoteca Roque Dalton.

Y una tarde, hace pocos meses, recibí una llamada telefónica. Quería hablar conmigo, dijo. Y yo con ella. Desde entonces hablamos todas las noches y componemos el mundo.

Una noche de domingo, fumando en silencio junto a ella, miré la oscuridad de su jardín. Unos grillos cantaban entre las plantas. La observé, tenía la mirada perdida, un cigarrillo en la mano y un Baileys en la otra. Vi en ella treinta y tres años de nuestra historia. No había necesidad de hablar. Fue así como comprendí que eso era. Que al fin lo había entendido.

─La ternura ─diría después mi psicóloga cuando se lo conté─ no es más que eso. Debe ser calmada. Si no, simplemente no es ternura.

3 comentarios:

Lucy Cristina dijo...

Mujer divina! Me has conmovido irrespetuosamente en medio de mis papeleos, búsquedas y actualizaciones de la vida. Yo me empecé a preguntar esto de la ternura y me confundía con lástima y otras deformaciones humanas. Coño... qué ganas de darte un abrazo!

Vanessa Núñez Handal dijo...

Mi queridísima Chau: que bueno que este post haya servido para distraerte de lo cotidiano. Ya habrá tiempo para muuuuuchos abrazos y un traguito, ya sea en Guate o en tu tierra. Para mientras, va un abrazote virtual.

Anónimo dijo...

Lindo!!! YO