30 may. 2011

¡Karaoke de la vida mía!


Debo haber hecho uso de un Karaoke allá por 1993. No sé bien por qué ubico ese año, pero tengo mis razones para sospechar que, antes de eso, nadie se animaba en El Salvador a hacer el ridículo cantando. Al menos no públicamente.

Aunque mis “primeras veces” como todos, creo fueron privadas, mis primeras funciones públicas fueron en La Hola Beto´s de la Zona Rosa; un lugar con olor a mariscos y ambiente de caleta, donde se comían las mejores pepeshcas y “Tumbitos” del mundo, aderezados con un huevo de tortuga cocido encima.

Uno llegaba los viernes o sábado tipo ocho de la noche. El primer problema era el parqueo. Y es que no se podía llegar muy tarde porque tocaba parquearse hasta Jala la Jarra (disco-restaurante-y algo más) y no se agarraba mesa al frente de la pantalla, lo que implicaba que uno no podía reírse a gusto del cantante de turno, ni salir corriendo al “escenario” (tres graditas miserables) cuando le llegaba el turno.

Ya posicionados en las bancas incómodas de pino, en las que, para acercarse a la mesa había que levantar a todos los compañeros de asiento, uno pedía el menú respectivo de canciones. Daba gusto encontrarse de entrada con el Pop más puro y duro de aquellos años: Alejandra Guzmán, Paulina Rubio, Cristian Castro, Maná, Luis Miguel. (Shakira no brillaba aún en el firmamento.)

Luego venía el listado amplio y corta venas de las baladas de ayer y siempre: Julio Iglesias, José José, Camilo Sesto, Dyango, Alberto Cortes.

Nunca faltó, claro está, el bolo que cantara “El gato que está triste y azul” que, presumo, tenía pocas notas altas y por eso era tan solicitada.

Había que pedir cervezas. Como no. Si no, no le ponían a uno las canciones solicitadas que, para cuando llegaba la Pilsener o la Suprema bien frías, ya rondaban la media docena, apuntadas en papelitos chucos, escritos con el lapicero que el mesero le había prestado a uno de mala gana. (No sé porqué no se nos ocurrió nunca llevar nuestro propio lapicero.)

Y la siguiente canción, la cantará ¡Vaneeeeesssaaaaaaaaaaa! anunciaba por el micrófono el hombre que, vestido con camisa blanca y corbatín negro, nos observaba con cierto aburrimiento desde la ventanilla en la que se ubicaba el aparataje musical y los discos respectivos. Y para cuando sonaban las primeras notas de “Cuidado con el corazón”, yo ya subía las gradas entre aplausos de amigos y desconocidos que, por bolos, le celebraban todo a uno.

Era la única canción que yo sabía me salía bien, junto con “Electricidad” de la Lucerito. Luego descubrí, sin embargo, que no era yo, si no el vibrato extremo que el “DJ” aplicaba al sonido.

Fueron incontables las veces que cantamos “Hey Jude”, “Hard day´s night”, “Rayando el sol”, “Mírame a los ojos”, “Mío”, "Nunca voy a olvidarte", y otras tantas canciones de nuestra época. Fueron tantas las veces que nos quedamos sin cantar alguna porque el mesero se aburría de pasar los papelitos, o porque llegaba el gordo de la risa escandalosa y se apoderaba del Karaoke.

Con el tiempo, los amigos de este “arte” han cambiado en mi vida. También he cambiado de país. En Guatemala, donde la tristeza y el peligro imperan hoy día, nadie sale a cantar. Hay que juntarse en casas para medio hacer el mingo mingo. Pero igual me la paso alegre y termino afónica.

Con la llegada de la tecnología, los celulares con cámara, los BlackBerries, etc., esos momentos están quedando plasmados por todo el Facebook, cuentas de correo y de más. Y aunque las fotos son fatales y sale uno con cara de estar en el baño, no saben cómo me gustaría hoy día tener aunque fuera una foto de aquellos días en que éramos los reyes de La Hola Beto´s y su Karaoke de apenas 100 canciones.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Huy! Qué buenos recuerdos! YO