31 may. 2011

El miedo nuestro de cada día

El miedo no es más un sentimiento. Se nos ha convertido en una forma de vida. Nos hace callar, ser zombis, obviar las cosas, distraernos en otras (como el fútbol español), hacer como si no pasara nada, dejar de existir.

El miedo nos ha idiotizado.

Éste, que ha sido utilizado históricamente para inclinar a las masas a hacer o dejar de hacer algo, a no opinar o a odiar a otros, ha ostentado nombres diversos: nazismo, fascismo, patriotismo, terrorismo y hasta decencia. Pero llámese como se le llame, lo que ha habido en la base han sido siempre técnicas infalibles de control. Infalibles porque el control viene de adentro. Porque los que lo ejecutan saben que nadie, en su sano juicio, se atreverá a desafiarlos. Sólo los locos, y por ello, precisamente, han muerto muchos personajes geniales.

El miedo y el odio son los grandes cohesores sociales. Han movido masas mucho mejor de lo que lo han hecho el amor o la cordura.

En El Salvador el miedo fue implantado desde que en 1932, se decidió callar a las masas campesinas mediante una purga que, en el Occidente, duró semanas.

Desde entonces se comenzó a hablar bajito. A no decir lo que se pensaba. A no querer meterse en nada. A no llamar a las cosas por su nombre. Pero sobre todo, a justificar los horrores con una frase odiosa: “Por algo sería”.

Debió pasar casi medio siglo para que alguien se volviera a animar a hablar. Las purgas, las desapariciones, las muertes y torturas volvieron a estar a la orden del día. Y los medios de comunicación utilísimos para transmitir el mensaje se encargaron de afianzar el efecto: había que tener miedo.

Los años 70 y 80 estuvieron plagados de “espectáculos de espanto”. Cabezas sin cuerpo. Rostros sin ojos. Manos crispadas. Violaciones. Mutilaciones. Torturas cometidas con derroche de crueldad. Hechos que hoy, todavía son negados por muchos, y distorsionados por el resto. Y es que, la negación también es parte del miedo.

Es cosa del pasado, dice la mayoría. La guerra ya acabó y es mejor olvidarla, agregan. Pero, ¿realmente creemos que una guerra que duró más de una década y que (disque) concluyó hace tan sólo veinte años, no dejó secuelas profundas? ¿Dónde están las personas que participaron en la guerra y que fueron entrenadas para infundir miedo? ¿Dónde están las víctimas del conflicto? Por si no lo había pensado, la respuesta es simple: viven entre nosotros, haciendo lo único que, luego de tanta barbarie quedaron capacitados para hacer: infundir miedo. Y si no me cree, dele una leída a cualquier periódico reciente, y platicamos.

2 comentarios:

Nadina Rivas dijo...

Totalmente de acuerdo contigo. El miedo se instaló y nos sigue fregando la vida. Mientras no tengamos el valor de aceptar y ver directamente a los ojos todo lo que nos sucedió, seguiremos siendo una sociedad que no sana y seguiremos reproduciendo el horror y más miedo seguirá siendo sembrado.

Vanessa Núñez Handal dijo...

Sí, cabal. Lo yuca es que, como estamos tan acostumbrados a vivir con miedo, ya nos parece natural. El silencio, además, convalida acciones que, en otras sociedades, serían juzgadas con severidad. Un abrazo niña y a ver cuándo venís!