30 abr. 2011

Después del fin. Adiós al último Gigante.


Con él aprendí el desamparo de un hombre que observa las hormigas.

Contra él luché por no aceptar la soledad del túnel, que terminó calándome hondo y aún no me recupero.

De él memoricé a Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne.

Y pese a todo, todavía no me parece suficiente.

Ernesto Sábato, el científico, el surrealista, el suicida, el hombre bueno, el justo, el involucrado en la historia e interesado en que ésta no se repitiera “nunca más”, el que podía llorar con sentimiento y sin vergüenza, el que se enfrentó a Borges, el que nos hizo pensar que ser escritor ─pese a ser una locura─ era humano (tremendamente humano), el que no recibió el Premio Nobel, el que nos contó su vida y desnudó su alma, el que nos entregó un informe sobre ciegos…

Adiós, Sábato. Quedan con nosotros tu nostalgia de hombre viejo, aún siendo joven, y tus letras de hombre serio, aún siendo un niño.

3 comentarios:

Alberto B. dijo...

HERMOSO.

Vanessa Núñez Handal dijo...

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Grande Sábato! YO