9 ene. 2011

De los libros o de cómo salvar el alma en la tierra


¿Quién no ha sentido el impulso de salvar a alguien? ¿Quién no ha creído que rescatando a otro se rescata a sí mismo?
Lo cierto es que nadie salva a nadie.
Para flotar en las aguas de la vida, no hay más remedio que construirse uno mismo el salvavidas. El mío fue la literatura.
Comencé, por lo más bajo. Libros que ahora me da hasta pena contar que leí. Pero lo cierto es que “El Alquimista” de Coelho (filosofía barata, como recién lo llamó una amiga) me dio la idea de que en los libros podía encontrar cosas útiles para vivir.
Luego vinieron otros.
Marcela Serrano jugó un papel importante. “Nosotras que nos queremos tanto”, por más que se la señale como una novela con fallos estructurales y literarios, me mostró una nueva forma de reflexionar sobre la vida.
Y es que yo, a mis veintitantos años, no era la lectora voraz que soy ahora. Había leído lo básico. Lo que el programa de literatura del ministerio de educación de El Salvador imponía en los años ochenta. Pero de todos esos libros, había sacado muy poco en claro.
Recuerdo que mis primeras discusiones políticas derivaron de “Cenizas de Izalco” de Claribel Alegría. Pero con una familia que durante la guerra tiraba más a la derecha, era imposible sondear en los recovecos históricos y sociales de una Santa Ana convulsionada durante la década de los treinta. Sólo con mi abuela Edith, que era maestra y lectora asidua, pude hablar con claridad y sacar nuevas conclusiones: la literatura servía para algo.
“Cien años de soledad” fue, por otro lado, el primer libro que me abrió la puerta a una conversación tranquila y desapasionada con mi papá, un ingeniero conservador y católico, dedicado a sacar adelante a su familia y renuente a cualquier comentario político.
Fue mi hermana mayor quien primero lo leyó. Luego yo caí en la cuenta de que era un buen tema de sobremesa. Su lectura no significó gran cosa por aquellos años, como sí lo haría cuando, casi década y media después, lo leí bajo en contexto histórico latinoamericano, y más aún cuando conocí a “Gabo” mucho tiempo después y pude abrazarlo.
“La casa de los espíritus” marcó un hito en mi vida. Quizá no por su trama, pero sí por sus escenas eróticas que, a nuestros dieciséis años, nos alborotaron las hormonas a mí y a mis dos grandes amigas del colegio, Sonia y Monika.
“El amor en los tiempos del cólera” le siguió en una vacación de medio año. Recuerdo que, en aquellas semanas, cargué con el libro a todas partes y no pude parar de leerlo hasta que entendí que el amor deviene más de las patologías que de los impulsos románticos del ser humano.
Luego vino una época de estudios pesados, en los que la literatura poco tenía que ver con mi carrera de ciencias jurídicas. Y de no ser por el Dr. Ramos Contreras, un abogado lector y capaz de sintetizar la cultura en sus clases de derecho procesal civil, quizá “Del amor y otros demonios” no habría caído en mis manos.
Después la crisis.
A los 28 años, con mi carrera de derecho concluida, un empleo que habría sido el sueño de cualquiera, algo me hizo ver que no era feliz y que había equivocado el camino.
Me había perdido a mí misma.
Fue así como volví a la lectura.
Chile representó un espacio ideal para disfrutarla de nuevo. Allá conocí a Jung, a Fromm, a Nietzsche y tantos otros sin los cuales, aún no entiendo cómo pude vivir.
Dejé las leyes por el arte. Cambié mis códigos por los clásicos. Estudié una maestría en literatura. Me enredé en un amor literario que, hasta el día de hoy, me ha salvado de deprimirme y pensar que la vida no tiene un sentido. Ya me da lo mismo saber quién soy o para qué estoy aquí. Mi única preocupación respecto de la muerte es que no va a alcanzarme el tiempo para leer todo lo que quiero. Y, como me dijo una amiga que supera las ocho décadas de vida: Sólo le pido a Dios que me alcance el tiempo para leer, al menos, la pila de libros que tengo sobre mi mesa de noche.

3 comentarios:

Patricia Cortez dijo...

Hay Vanessa, si yo no tuviera que leer me moriría, pero no soy capaz de "dejar todo e ir en pos de la literatura", se ha convertido en otra arista de mi vida

perrodelmal dijo...

El día de hoy llegue a cierta librería en busca de un titulo de Borges. Estaba agotado.
Divague por los pasillos unos momentos y "el azar" si es que existe, quiso que diera con "Los locos mueren de viejos" bastaron un par de minutos y ojearlo para que me interesase sobremanera en el. Cierto es que las mejores cosas son las que encontramos cuando no se buscaban. Me alegra saber también que existe este blog al que me volveré asiduo visitante.
Hoy me cenare el libro. Saludos

Vanessa Núñez Handal dijo...

Uy, estas son las cosas que me emocionan. Para un libro siempre es más complicado hacerse de lectores por "azar", así que, enhorabuena y ya me contarás tus impresiones. Un abrazo y gracias por pasar.