3 nov. 2010

Jet lag de la patria de una

Me encantaría pensar que existe un lugar mágico, al que una pueda ir y sus problemas quedan resueltos. Un lugar en el que una olvide que procede de países cuyos únicos rasgos de identidad durante todo lo que va de la historia moderna han sido la violencia, el abuso y la corrupción.

Pero no existe y es mejor que no lo olvide.

Una viaja con sus países a cuestas. Una sueña con sus países durante las noches frías, sobrevivibles a fuerza de calefacción.

Una se levanta pensando que mientras ahí, donde la gente transita con la cara impávida y la piel blanca, todo marcha a la perfección (buses incluidos), en nuestros países un carro pasa acribillando gente en un restaurante de la Zona Viva o cientos de niños mueren desnutridos o consumidos por los parásitos.

Una cree pobre ilusa que puede olvidar que estas cosas duelen y que a la larga por más que la gente lo repita—no son normales y no ocurren en todos lados.

Una habla lejos sobre su país, pero se da cuenta por las caras de desconcierto o de suspicacia que las palabras no alcanzan para pintar las escenas que una lleva grabadas. Que lo más que una logra hacer es contar anécdotas, pero que la realidad misma las supera.

No ha inventado aún nuestro idioma de procedencia europea occidental las palabras para describir una champa, la barriga hinchada de un niño chulón de tres años, los muertos tirados en los arriates, los buses incendiados con gente dentro, los engaños políticos, los descaros gubernamentales, los privilegios de clase, pero sobre todo, la indiferencia con que todos nos hemos acostumbrado a vivir estas cosas.

Vuelo nueve horas en el espacio, y es como si hubiera volado tres siglos en el tiempo. El futuro que quizá no llegue me ha recibido con sorna y me restriega en la cara todo aquello que no somos y nunca seremos. Remonto el vuelo diez horas, y el sopor de un aeropuerto destartalado me acoge con su ritmo que me es más conocido. Comienzo a creer que el jet-lag que padezco hace tres días, no se debe al cambio de horario, sino a que parte de mi alma aún no se anima a cruzar la frontera de lo que yo muy a mi pesar debo reconocer como patria.

4 comentarios:

Lilian Fernández Hall dijo...

Vanessa, le pones palabras a los sentimientos que muchos experimentamos al viajar. Y si bien es triste enfrentar la realidad cruel y violenta de nuestros países, es el punto de partida para sacudirse la resignación y tratar de combatir la injusticia y la desigualdad. Aunque más no sea con el arma que mejor sabemos usar: las palabras.
Gracias por otro texto excelente.
Un abrazo!

Vanessa Núñez Handal dijo...

Uy, Lilian, es que las cosas duelen, y las palabras nunca parecen suficientes para describir el sentimiento.
By the way: tu compañía y los cafecitos compartidos en Frankfurt fueron de las mejores cosas de mi viaje. Gracias por volar hasta allá! Un beso.

Anónimo dijo...

Y es que al final no somos muy distintos, eso es lo más triste. Te vas allá y todo parece nuevo, como si las ciudades fueran de ayer. Todo en orden, y de pronto te descubres actuando igual. Un viaje de unas horas es como haberte metido en un Caballo de Troya.
Saludos compañera
JRBP

Vanessa Núñez Handal dijo...

Exáctamente. La naturaleza humana es igual en todas partes. Lo que cambia es el decorado. Gracias por pasar, un abrazo.