11 may. 2010

De "madrecitas santas" y otros montes


Y bueno, ya que ya pasó el día fatídico de la madre, haré algunas reflexiones al respecto.

Desde el inicio de los tiempos, la maternidad fue el factor por el cual se diferenciaron los géneros. Sólo el género femenino podía dar a luz, y, con el tiempo, fue precisamente este factor el que terminó por esclavizarlo.

Obvio que las mujeres, en algún momento de la historia, protestaron. Hubo entonces que convencerlas de que ser madres era la responsabilidad más hermosa que podía recaer sobre sus hombros, y de que, además, debían asumirla con gozo, agradecimiento y con el convencimiento de que su sacrificio era motivo del más alto orgullo al que una persona podía aspirar.

Así, las mujeres asumieron convencidas el inmolarse y se constituyeron, como dirían los moralistas victorianos, en “el ángel de la casa”. Es decir, en las encargadas de que todo el mundo fuera feliz y que todo marchara en completo orden, para bienestar de otros, nunca (¡por Dios, nunca!) en beneficio propio.

Pero la gran pregunta surgió en el siglo pasado: ¿Y si la madre es la encargada de que todos sean felices, quién se encarga de que ella lo sea? Porque está claro que nadie puede dar aquello que no posee. Una mujer amargada, no puede hacer feliz a nadie. Una mujer frustrada, no puede ser impulso para nadie. Una mujer prisionera, no puede hablar de libertad y logros. La respuesta es de las cosas más espeluznantes que existen: nadie se encarga de la madre. La madre, simplemente, debe arreglárselas para ser feliz por sí misma, si es que puede. Y si no puede, pues a nadie le importa y ella deberá fingir que es feliz para que otros sí lo sean. El caso es que ella debe seguir funcionando sin rezongar, sin quejarse, sin pedir nada a cambio, y sobre todo, convencida de que así deben ser las cosas. Que pensar en sí misma sería el egoísmo más horrendo al que una mujer puede ceder y que no poner a su familia en primer lugar, la hace poco menos que un monstruo: una puta. (Elija usted cuál es peor.)

Y sí hay algo peor: una mujer que simplemente decida no ser madre. ¿Qué qué? ¿Es que es eso posible? Una mujer me dijo alguien un día siempre desea ser madre. Si no tiene hijos será, si al caso, porque Dios se los negó y por algo sería, y pues estará condenada a una vida en soledad.

Y esta conclusión es obvia dado el devenir histórico de la maternidad: si la maternidad nos reivindica de nuestra calidad de seres de segunda categoría frente a los hombres, claro está, pues la no maternidad nos condena de forma absoluta a ser seres sombríos y sin valía social.

Por dicha, la figura de la solterona amargada ha dejado de estar vigente, pero no por obra de la sociedad, sino de las mujeres mismas, que han demostrado que no se requiere ser madre o tener marido para ser una “persona realizada” (si es que existe tal cosa).

Sin embargo, y dado que el famoso 10 de mayo no es más que un resabio de estas épocas en las que se nos quería convencer de que siendo madres seríamos “personas decentes” y buenas cristianas, deberíamos comenzar a dejar atrás el infantilismo de asumir la maternidad conmovidas por la foto de un “bebé Gerber”, y, el día de la madre, más que celebrarlo regalando electrodomésticos, deberíamos aprovecharlo para exigir más espacios que nos permitan superarnos, ya que, en la medida en que nosotras avancemos, podremos ser mejores personas que ayuden a construir este mundo lleno de paradojas y engaños. Feliz 11 de mayo.

5 comentarios:

Alberto B. dijo...

Hoy sí se la aventó buena. Tiene razón es un día horrendo si se sabe lo que va detrás. Y los periódicos con sugerencias de regalos: todos para que la pobre madrecita trabaje todavía más.

Vanessa Núñez Handal dijo...

Puros electrodomésticos y cacerolas. Saludos.

Anónimo dijo...

Mafalda, !mi favorita!

Carlos dijo...

Hola Vanessa. Es un gusto visitarte de nuevo. Te recomiendo que le echés un vistazo (si es que no lo has hecho) a las teorías de Shulamith Firestone. En vez de cacerolas y electrodomésticos, esta mujer propone una opción radical que te deja con la boca abierta. Por lo menos así pensé cuando leí por primera vez su libro The Dialectic of Sex.

Abrazos,

Carlos

Vanessa Núñez Handal dijo...

Hola Carlos. Fijate que no la he leído. Voy a buscar sus textos, gracias por la recomendación. Saludos,