28 mar. 2010

Viacrucis de una niña con ganas de ir al baño


Debo haber tenido siete años la primera vez que me enfrenté a una enorme plancha de madera, en cuya superficie yacían, con cara de dolor, varios muñecos de madera. La sangre y lo verde eran lo predominante. Y mientras los adultos que me acompañaban, papá y mamá incluidos, decían sentir una gran devoción por ellos, yo sólo me acuerdo que me moría de las ganas de ir al baño.

Una buena cristiana nos abrió la puerta de su casa y yo pude desalojar mis penas, que eran muchas.

Una vez salida del apuro, me apresuré a pedir que me compraran un elote loco. Y entre el sol, la humedad y los más de 36 grados de un Sonsonate en plena Semana Santa, sentí no sé si por vez primera la culpa traidora. Porque Jesús, mientras yo me comía mi riquísimo elote, acompañado de una Pepsi en bolsa y pajilla, sufría montado en un escenario diseñado pero eso lo supe hasta después precisamente para eso: para que la gente sintiera lo que yo en aquel preciso momento sentí: culpa.

Luego, quizá tan sólo un año después, me trajeron a la Antigua Guatemala, y fue otro sufrimiento similar. Aunque quizá menos traumático, porque yo imagino que ya venía preparada para lo que iba a ver. Sólo recuerdo algunas partes del recorrido, pero no los rostros de las imágenes en la procesión, lo que me indica que mis mecanismos de defensa estaban sanos y funcionando desde aquel entonces. Luego, un club cerca de Amatitlán, del cual guardo alguna fotografía por ahí, pero no el nombre.

El caso es que, desde entonces tengo profunda aversión por las procesiones.

No puedo verlas ni el periódico y menos escuchar las marchas.

No me digan de ir a misa en esos días, menos el Domingo de Ramos la misa más larga de todo el año, con excepción, quizá de la de Gallo.

Me declaro, simplemente, una incapacitada para sentir devoción alguna frente a esos pobres muñecos martirizados por un escultor o tallador, cuyo objetivo era enviar un único y claro mensaje: Si esto hizo Jesús por ti, ¿qué estarías dispuesto a hacer tú por él?

Luego vinieron los sermones de los padres, que instaban a los feligreses a volver de la playa para asistir a los viacrucis y procesiones. Y no negaré que siempre tuve miedo de que alguna vez mis papás lo tomaran en serio. Hasta donde yo recuerdo, nunca ocurrió.

Yo como niña, pasé luego muchas horas preguntándome: ¿qué podía hacer para resarcir tanto sufrimiento? Porque inmolarse, o dejarse matar, de una forma tan sanguinaria como cuenta la historia cristiana, es tremendo. Y lo único que podría ser equivalente, pensaba yo, pues era hacer lo mismo, que bueno, no venía ni al caso, me decía. Además, una de niña, pues obviamente que, no desea que le pase algo tan atroz y me persignaba.

En fin, que así aprendí que, como muchas cosas en la vida, la religión entra primero con culpa, luego con miedo y acaba con el perdón de algo que una nunca llega a saber exactamente de qué se trata. Pero está más que claro que, bajo el sol embrutecedor de la semana santa, una ya no pregunta ¿qué debo?, sino ¿cómo pago?

Así es que esta semana santa como ya tantas otras en mi haber– y con base en mi experiencia previa, pienso quedarme muy traquilita, lejos de las culpas religiosas e intentando vivir las vacaciones de la manera más sana y cuerda posible: paleando el calor con un inmenso vaso lleno de agua y hielo y un baño muy, pero muy cerca.

5 comentarios:

Gerardo dijo...

Y lo peor de todo, es que llevar a un niño de 7 años a ver procesiones y matarlo de aburrimiento e incomodidades, sirve para mitigar las culpas de los papàs, ¡injusto verdad?

Vanessa Núñez Handal dijo...

Es que esa es la jodida. Los niños no saben de esas cosas. De hecho, la culpa es el único sentimiento creado socialmente. Y me imagino que la religión tiene mucho que ver en ello.

Anónimo dijo...

Qué terrible eso de las pocesiones y no poder ir al baño. A mí me pasó algo igual cuando estaba chiquita. YO

xx dijo...

Elote loco, qué rico!

Vanessa Núñez Handal dijo...

YO: creo que todo niño tiene una historia de horror que contar en las procesiones.

XX: muero por uno del parquecito de la Santa Elena.